sábado, 25 de noviembre de 2017

JUSTO PRECIO

Había una vez un hombre muy pero muy pobre que paseaba por la calle con un pedacito de pan en la mano. Era lo único que tenía, además del hambre.
Al pasar por un restaurante vio unas deliciosas albóndigas friéndose en una sartén.

 -Mmhh - suspiró ¡qué delicia!, ¡si tan sólo pudiera comerme un bocado!.

Y como no tenía una sola moneda en sus harapientos bolsillos, siguió mirando sin dejar de suspirar.
Con la esperanza de capturar aunque más no fuera un poco de ese delicioso aroma, el hombre sostuvo un pedacito de pan por encima de la sartén durante algunos segundos y después se lo comió como si se tratara de un manjar.
Le pareció que el aroma de la fritura había mejorado tanto el sabor de su pan que pudo disfrutarlo como si hubiese como un plato de guiso.

El dueño del restaurante, que era un hombre grandote, grasiento y avaro, vio al campesino cuando intentaba atrapar con su pancito el aroma de su comida. Entonces salió del local, agarró al pobre por el cuello y lo llevó ante el juez, que era una persona justa. Exigía que el campesino le pagara por las albóndigas.

El juez escuchó atentamente al hombre avaro, después extrajo unas monedas de su bolsillo y le dijo:

-Párese junto a mí por un minuto.

El dueño del restaurante obedeció y el juez sacudió su puño, haciendo sonar las monedas en el oído del demandante: 
 
-¿Para qué hace esto?- le preguntó el dueño avaro

El Juez respondió:
-Acabo de pagar por sus albóndigas. Con seguridad el sonido de mi dinero es un justo pago por el aroma de su comida.



NOTA: Título original "El precio de la comida". Este y otros relatos similares puedes encontrarlos en Contame un cuento... cuentos cortos que llegan al corazón.


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viernes, 17 de noviembre de 2017

EL BEBÉ Y LA MONTAÑA

Había dos tribus guerreras en los Andes, una que vivía en el valle y otra en lo mas alto de las montañas. Un día los habitantes de las montañas invadieron las tierras del valle y, como parte del saqueo, raptaron a un bebé de una de las familias del valle.

Los habitantes del valle no sabían como subir a la cima de la montaña. No conocían los senderos que utilizan los habitantes de ese lugar, ni sabían donde encontrarlos o como perseguirlos en el escarpado terreno. Aun así enviaron a sus mejores guerreros a escalar la montaña y traer al bebé de regreso.

Los hombres ensayaron un método de escalar y luego otro. Probaron una manera y luego otra. Sin embargo, después de varios días de esfuerzos solo habían conseguido avanzar unos pocos metros. Desesperanzados e impotentes, los hombres del valle decidieron que su causa estaba perdida y se prepararon para regresar a su aldea.

Mientras empacaban su equipos para descender, vieron a la madre del bebé que bajaba de la montaña y llevaba a su bebé a la espalda. ¿Cómo era posible?.
Uno de los hombres saludó y le dijo: “¿Cómo pudiste escalar esta montaña si nosotros, los hombres más fuertes y capaces de la aldea no lo conseguimos?”.
Ella se encogió de hombros y respondió: “Es que el bebé no era tuyo”.



NOTA: Título original "Moviendo montañas". Este y otros relatos similares puedes encontrarlos en Contame un cuento... cuentos cortos que llegan al corazón.


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jueves, 9 de noviembre de 2017

LA VENTANA

Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital.
A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones.
Su cama daba a la única ventana de la habitación.
El otro hombre tenia que estar todo el tiempo boca arriba.
Los dos charlaban durante horas.
Hablaban de sus mujeres y sus familias, sus hogares, sus trabajos, su estancia en el servicio militar, donde habían estado de vacaciones.
Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana.
El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas, en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades, colores del mundo exterior.
La ventana daba a un parque con un precioso lago.
Patos y cisnes jugaban en el agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas.
Los jóvenes enamorados paseaban de la mano, entre flores de todos los colores del arco iris.
Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia una bella vista de la ciudad.
El hombre de la ventana describía todo esto con un detalle exquisito, el del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica escena.
Una tarde calurosa, el hombre de la ventana describió un desfile que estaba pasando.
Aunque el otro hombre no podía oír a la banda, podía verlo, con los ojos de su mente, exactamente como lo describía el hombre de la ventana con sus mágicas palabras.
Pasaron días y semanas.
Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para bañarles, encontrándose el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía.
Se llenó de pesar y llamó a los ayudantes del hospital, para llevarse el cuerpo.
Tan pronto como lo consideró apropiado, el otro hombre pidió ser trasladado a la cama que estaba
al lado de la ventana.
La enfermera le cambió encantada y, tras asegurarse de que estaba cómodo, salió de la habitación.
Lentamente, y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo exterior; por fin tendría la alegría de verlo el mismo.
Se esforzó para girarse despacio y mirar por la ventana al lado de la cama... y se encontró con una pared blanca.
El hombre preguntó a la enfermera que podría haber motivado a su compañero muerto para describir cosas tan maravillosas a través de la ventana.
La enfermera le dijo que el hombre era ciego y que no habría podido ver ni la pared, y le indicó:
"Quizás sólo quería animarle a usted".


NOTA: Título original "Dos hombres, la misma ventana". Este y otros relatos similares puedes encontrarlos en Contame un cuento... cuentos cortos que llegan al corazón.


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miércoles, 1 de noviembre de 2017

DEBATE DE HERRAMIENTAS

Hubo en la carpintería una extraña asamblea; las herramientas se reunieron para arreglar sus diferencias.
El martillo fue el primero en ejercer la presidencia, pero la asamblea le notificó que debía renunciar.
¿La causa? Hacía demasiado ruido, y se pasaba el tiempo golpeando. El martillo reconoció su culpa, pero pidió que fuera expulsado el tornillo: había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo.
El tornillo aceptó su retiro, pero a su vez pidió la expulsión de la lija: era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás.
La lija estuvo de acuerdo, con la condición de que fuera expulsado el metro, pues se la pasaba midiendo a los demás, como si el fuera perfecto.
En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo, utilizando alternativamente el martillo, la lija, el metro y el tornillo.
 
Al final, el trozo de madera se había convertido en estupendo mueble. Cuando la carpintería quedó sola otra vez, la asamblea reanudó la deliberación.
Dijo el serrucho:
- “Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestras flaquezas, y concentrémonos en nuestras virtudes”.

La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba solidez, la lija limaba asperezas y el metro era preciso y exacto. Se sintieron como un equipo capaz de producir hermosos muebles, y sus diferencias pasaron a segundo plano.
 
NOTA: Título original "Asamblea en la carpintería". Este y otros relatos similares puedes encontrarlos en Contame un cuento... cuentos cortos que llegan al corazón.


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miércoles, 25 de octubre de 2017

REALIDADES DE ESTE MUNDO

 
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martes, 17 de octubre de 2017

TRES ETAPAS DE LA VIDA

 
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lunes, 9 de octubre de 2017

EL HIELO ME ESTÁ MATANDO



 
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